14 noviembre, 2018

Reseña sobre "Ausencias". Juan María Rodriguez


Sobre “Ausencias”
JUAN MARÍA RODRÍGUEZ

Viajeros solitarios encapsulados en una suerte de aséptica nave espacial que atraviesa un espacio sin tiempo. Extraídos de su realidad. Sumidos en un limbo urbano, con la mirada vacía, hueca, extraviada en algún más allá, como si durmieran un profundo sueño. Como si en ese instante habitaran en un fuera de sí abotargado.
Repaso las imágenes y deslizo el pulgar por ellas y cuando acaricio a estos pasajeros, percibo que algunas imágenes me interpelan, me duelen. Recuerdo, viéndolos en su vaciada soledad, una cita de James Agee: “Todo el mundo tiene una herida y una desnudez que ocultar”. Cuando perdemos la conciencia, abstraídos en el túnel sin tiempo de un transporte público donde todos parecemos personajes de Samuel Beckett extraviados en un viaje que por un instante parece no tener rumbo ni destino, no podemos evitar enseñar esa herida en público.
Desde Walker Evans, Helen Levitt o Bruce Davidson, por citar algo, sabemos que hay una larga y diversa tradición, más tensa o más dulce, de fotografiar a viajeros urbanos en tránsito. La iconografía americana consagró las tomas en el metro, símbolo suburbano de la modernidad y la enajenación, la deshumanización y la violencia de las grandes urbes. Pero las realizadas en los autobuses, que también tienen su buena tradición, nos devuelven a una especie de otro tiempo remoto, un tiempo suspendido, más poético, y nos permiten, visualmente, aislar mejor a los sujetos parapetados tras el muro de un cristal empañado, turbio, deslustrado por la lluvia, esa cosa que a su vez, como nos enseñó Borges, siempre sucede en el pasado. Igual que estas imágenes, que nos relampaguean como melancólicos destellos de memoria, pues todos, no pudiendo ver el nuestro, hemos visto alguna vez estos rostros ausentes y abstraídos en el asiento de al lado y, viéndolos, nos hemos preguntado: “¿Cómo será la vida de este tipo? ¿Adónde irá? En qué estará pensando?”
Es innegable la vocación literaria de estas fotografías. Lo cual –y lo advierto para los que enseguida enarbolan la capacidad autónoma de las imágenes para denotar cualquier significado, por complejo que sea, más allá y sin necesidad de las palabras- es un piropo, pues en el fondo, como me decía hace unos días el pintor Alfonso Albacete, una posible medida de la altura del arte está en su capacidad para generar, o no, literatura, discurso. Pues estas imágenes, que ya claman su elocuencia por sí mismas, tienen esa capacidad. Y mucha… siendo, como son, delicados poemas visuales.
Álbum de retratos, este libro no es, exactamente, un libro de retratos. Tampoco es exactamente street. Pero podría ser street, de algún modo. No tiene el espíritu de un reportaje. O sí lo tiene, si atendemos a Jeff Wall cuando nos dice que el reportaje evoluciona a partir de las partes borrosas de la fotografía. Tampoco son una simulación de la pintura: sin embargo, las manchas de luz y oscuridad, derramadas como paletadas de píxeles, evocan en algunas imágenes lo pictórico.
De noche, bajo la lluvia, un fotógrafo embozado que, como un cazador agazapado en su puesto espera durante horas la presa de su imagen, enfoca a los autobuses ambulantes como si éstos, cuando se detienen ante él, fueran un decorado. Una pasarela de figurantes que quizá puedan esquivar la mirada del transeúnte que tienen sentado enfrente, pero que no pueden evitar la absoluta autoridad del ojo penetrante de una cámara.
En muchas tomas, sabemos que la escena sucede en un transporte porque así lo delata el marco de la ventana o alguna otra señal icónica pero, en otras, no hay rastro de nada salvo el vaho del cristal ensuciado por el que se deslizan, quizá, como lamentos, regueros de gotitas de agua. Es ahí, en esas imágenes descontextualizadas, envasadas al vacío, combinadas con el rapto de las miradas de los pasajeros sorprendidos como en trance, donde
este trabajo adquiere, para mi, rasgos irreales, desvariados y alucinatorios. Me gustan mucho algunas de esas imágenes que pueden irradiar, como la de la chica de la portada, los destellos fantasmagóricos de una presencia que, en su indefinición, no parece una presencia: parece una ausencia.
Antes pronuncié la palabra “borrosidad” y ahora vuelvo a ella para señalar que la indefinición, la trepidación que enturbia una imagen es precisamente la huella que deja la autoría del fotógrafo: en realidad, la borrosidad, paradójicamente, es un indicio de veracidad, pues lo realmente engañoso es la nitidez hiperrealista que nos induce a creer que lo que vemos fue un día verdad, tal cual. Algo que, todos sabemos, no es verdad. Sí, es cierto que la borrosidad no es garantía de arte. Pero, al menos, “la escasa legibilidad me garantiza la autenticidad de lo que se me propone”, escribió el filósofo y sociólogo francés Luc Boltanski.
Otro factor de “Ausencias” que me interesa de es el elemento acumulativo. Las imágenes son parecidas, similares, como variaciones sobre un mismo tema, pero es precisamente ese carácter aditivo el que va perforando, envolviendo, aprisionando nuestra mirada. El trabajo es monocorde, sí, aunque cada toma es diferente y su presentación en el libro además, le ha conferido cierta movilidad alternando las posibilidades gráficas de su paginación, pero la reiteración, pues no siempre “menos es más”, fue siempre otro elemento más de la creación. Para comprobarlo, basta con escuchar una envolvente sonata de Franz Schubert o con entrar en el bucle repetitivamente obsesivo de la escritura de Thomas Bernhardt. Dos centroeuropeos: como la fotografía de Manuel Jesús Pineda, que no parece meridional ni sureña.
Aquí, en estas imágenes, es la repetición la que construye una especie de marco general psicótico, como un enajenado universo colectivo que cobijara a este puñado de seres extraviados en una ciudad de noche y que les concediera, digamos, una suerte de patria común: la patria de la soledad y del delirio.
Extraño fotógrafo andaluz que, en la ciudad plenisolar, en la ciudad de las duras luces y las sombras duras se obstina en fotografíar a oscuras y lloviendo, Manuel parece llevar la borrosidad dentro de sí. Pienso en esto repasando el libro mientras caigo en la cuenta de que todas estas imágenes de seres deambulando solitariamente entre otros seres solitarios, fueron tomadas, igualmente, por otro solitario. Sí, somos lo que fotografiamos.
Imagínense sentados juntos al cristal empañado de su asiento de autobús mirando a la calle entre las texturas del vaho, viendo cómo un tipo que parece despistado bajo la marquesina de la parada les espía a hurtadillas para capturar su identidad abierta de par durante ese transitorio estado de somnolencia.
Esa es la imagen que nos falta en este libro. La imagen de otro solitario, pues todo fotógrafo es un solitario que, como dice Vari Caramés, cree que el misterio es la niebla de las cosas. Un fotógrafo como Manuel que, me parece, trata de ver…, pero no del todo… porque no hay nada más potente en fotografía que lo que no podemos ver del todo. Aquello que solo podemos intuir y que vemos como tras la veladura de un sueño o como la memoria desdibujada e imprecisa que nos dejó el recuerdo de una película, y cuyo puzzle nosotros tenemos que reconstruir, como los pasajeros del autobús de Manuel Pineda, solos.
Por supuesto, blanco y negro. Grano… o pixel. Texturas. Alto contraste, para que las masas de negro ciernan y atenacen, destacándolas, la luz de los rostros fosforescentes, a veces, como ángeles. Cine evocado. Poema fotografiado. Imágenes con latentes novelas escondidas dentro, pues aceptar la invitación a seguir el rastro de cada viajero nos conduciría a perdernos en una nueva historia. Retratos que rozan, en algún caso, hasta un ejercicio formalista de abstracción y de texturas. Fotografía del temblor y la mirada. Ojos que miran a otros ojos que, ausentes, miran a ninguna parte, huérfanos.
Cuidado cuando viajen en autobús de noche bajo la lluvia y abstrayéndose fuera de sí, revelen esa profunda intimidad que, a diario, escondemos a la luz. Cuidado porque, cámara en mano, nos acecha otro solitario como usted o como yo, un raro y obsesivo flâneur de parada de autobús. Mi sueño es que, viajando yo en ellos, una noche lo sorprenda en su parada para que, disparándonos mutuamente nuestras cámaras, dos soledades se encuentren, al fin, en un clic.

(Texto para la presentación del libro "Ausencias", de Manuel Jesús Pineda, en Sevilla

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